¡SUBIENDO, BAJANDO...!

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Se abrió la puerta del ascensor en el tercer piso y se escuchó:

- ¡Subiendo...!

Pero, no había nadie esperándolo. Con la mano izquierda cerró las pesadas puertas, tirando luego de la palanca. Así subió al piso siguiente del pequeño centro comercial, repitiendo la misma frase sin conseguir invitados.

Sólo un perro que tenía ganas de vivir experiencias nuevas, entró en el ascensor. Al principio pasó desapercibido, pero luego su mirada de soledad conmovió a aquel hombre del cual sólo se escuchaba: subiendo, bajando. Sin proponérselo, retrocedió en el tiempo hasta aquel día en que una mirada semejante, lo conmovió hasta volverse olvido entre la gente.

Afortunadamente, en el siguiente piso subió una mujer cuidadosamente vestida. Ingresó al ascensor sin percatarse de la presencia del perro, pero en un descuido dejó caer un pañuelo de su bolsillo y al querer recogerlo dió un grito de espanto, creyó estar viendo visiones, no podía ser que hubieran perros en un lugar como ése.

El ascensorista miró a la mujer detenidamente, pausadamente, la recorrió de arriba abajo, deteniéndose en sus rodillas y las escrutó. Quiso tomarlas, cogerlas y acariciarlas para poder tocar las asperezas y la forma irregular de la redondez. Recordó a la mujer que había amado a los 20 años y sintió el contacto de sus dedos con sus rodillas. Contempló a la mujer entera y total del ascensor, quiso salir corriendo. Respirar y tomar aire, pensó para sus adentros.

Felizmente para él, la mujer bajó en el piso siguiente y con ella los sueños del hombre.

Entretanto, el perro inquieto se acercó a una esquina del ascensor, levantó una de sus patas y dió libre curso a sus necesidades urinarias.

El ascensorista, que se había sumergido nuevamente en un mundo lejano y personal, se detuvo en el piso superior y preguntó:

- ¿Baja alguien?

No encontró respuesta, solo y embriagado por el penetrante aroma de aquel impulso canino, bajó la palanca al número 2, Casa y Jardín. Esta vez el discurso cambió inesperadamente, asomando su calva y roída cabeza gritó:

- Por favor, ¿alguien puede traerme un desodorante ambiental y un trapero?

No escuchó respuesta. Nunca había tenido una jornada tan poco concurrida y a la vez, más estrambótica en su rutinaria vida de ascensorista. Cuando ya estaba cerrando la puerta escuchó:

- Espere, aquí tiene el trapero.

Era la señora que limpiaba los pisos del Centro Comercial. El ascensorista detuvo su maniobra de cerrar la puerta y la volvió a abrir para recibir de ella el trapero.

El ascensor comenzó a subir y de improviso se produjo un corte un corte de luz.

El hombre no sabía donde limpiar, dando tropezones desorientado y al mismo tiempo intentando tocar el botón de alarma.

Sintió que nadie lo ayudaba cuando él llamaba, pues el recinto estaba casi vacío. Luego, escuchó que afuera el perro ladraba desesperado y corría de un lado a otro, prestándole sin duda, un gran auxilio.

De pronto, volvió la energía eléctrica y de un salto subió el ascensor al piso siguiente, abriendo la puerta a un grupo de infantes, en visita con sus tías, que repletó el breve espacio.

¡Al fin, comenzaba su trabajo...!

Tenía que parar en el tercer piso, pero con tantos problemas de corte de energía, un perro en el ascensor, la confusión por limpiar la orina del suelo, llegó hasta el último piso.

Las tías reclamaron airadas por su descuido. El ascensorista las miró y esbozando una extraña mueca en sus labios, dijo:

- Perdonen mi distracción, pero este ha sido un día atroz...

Acto seguido salió del ascensor, dejó al grupo en el interior del aparato y bajó por las escaleras. Mientras descendía, se decía a sí mismo:

- Este trabajo ya no es para mí...



Cuento colectivo
Taller Tirso de Molina
12 Mayo 1999




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