Las insomnes noches consumían a doña Eduvigis rodeada sólo por fantasmagóricos recuerdos que como sonámbulas pompas de jabón se diluían en añejos tiempos pasados, que la ayudaban a sobrellevar la inmensa soledad que sentía ahora.
La nebulosa ceremonia en que la coronaban como reina de la primavera, se mezclaba con confusas imágenes oníricas, donde aparecía el alcalde vestido de cura bautizando a su hija menor, mientras Eusebio impávido observaba todo desde el pescante de una carroza tirada por 6 caballos, que piafaban impacientes para iniciar la procesión final hacia el cementerio.
En esta vorágine de recuerdos, Eduvigis veía como su embarcación era arrastrada por una turbulenta corriente hacia una cascada infinita, mientras ella acompañada por su nieta Eugenia veían como la rueda del timón giraba sin control, precipitando la nave hacia un destino ignoto y sombrío.
La claridad del amanecer lograba calmarla, recién entonces podía conciliar el sueño por breve tiempo, logrando el reposo que la oscuridad de la noche le negaba. En sus sueños reaparecía la imagen de su querida nieta Eugenia, que antes de irse a residir al extranjero, era la única persona que venía a acompañarla por las tardes, trayendo un poco de alegría y cariño, tan escasos en su existencia diurna.
Aquella mañana quiso comunicarse de verdad con su nieta por teléfono al extranjero, pero al levantar el auricular escuchó una grabación que le impedía hacer llamadas. Alarmada revisó sus papeles y encontró la última cuenta de teléfono sin pagar. Su insignificante montepío mensual, única herencia que le dejó Eusebio, se encontraba casi agotado y debía esperar varios días para recibir un nuevo pago.
Sus hijos, en cambio, navegaban por aguas más tranquilas y menos turbulentas, ignorantes del agobio diario de su madre, siendo ella quien debía subirse a la balsa y cruzar el río cuando requería ayuda.
Felipe se estaba afeitando cuando divisó a la anciana frente a la reja de su casa, ataviada con una estola de conejos algo raída y unos zoquetes celestes que le daban una apariencia tragicómica y decadente. Se terminó de vestir y bajó a recibirla.
- Mamá, ¿qué hace tan temprano por aquí?
- Felipe, me cortaron el teléfono...
- No se preocupe, mamá, use el nuestro...
- No, Felipe, no es eso, quiero pagar la cuenta, pero...
- ¿Y cuánto le falta?
- Casi todo...
Felipe quería mucho a su madre y al verla tan compungida pidiendo socorro a mediados de mes, sentía la culpabilidad de tenerla abandonada, así que sin aspavientos hizo un cheque por el valor de la cuenta telefónica y la llevó en su vehículo hasta un local de pago.
Doña Eduvigis se bajó del auto que partió raudo, mientras ella caminó lentamente hacia la caja. La funcionaria al ver el cheque con voz irritada le dijo:
- Señora, va a tener que cambiar el cheque, está mal extendido, dice Compañía de Teléfonos de Chile...
- Perdón, señorita, ¿acaso estoy pagando la cuenta de electricidad...?
- No, señora, está pagando el teléfono, pero...
- Gracias a Dios, pensé que me había equivocado, porque estoy con la cabeza tan mala...
- El cheque debe decir Compañía de Telecomunicaciones de Chile...
- Pero, señorita, si estoy en la compañía de teléfonos, ¿qué es lo malo?...
- Se lo acabo de explicar, señora, que no se lo puedo recibir... - dijo furibunda la cajera
- El cheque es de mi hijo y tendría que atravesar toda la ciudad. ¿No lo puede corregir?
- Lo siento mucho, pero ese es su problema y no mío...
La cajera le devolvió la cuenta y llamó a la persona siguiente de la fila.
Doña Eduvigis sintió una profunda ira en su interior, su vida había cambiado mucho este último tiempo. Cada día sentía que el tren se había pasado de la estación correcta y una inmensa soledad la abrumaba por las noches. El amargo cáliz de las humillaciones diarias se había rebalsado ya.
Al llegar a la esquina, divisó a Eusebio que agitaba sus brazos llamándola desde la acera de enfrente, mientras una avalancha de vehículos circulaba por la avenida a gran velocidad .
- Espera, Eusebio, me voy contigo...
Y decidida cruzó la calle...

Junio 1997