La aparición repentina de Hernán en la tertulia familiar del día domingo, provocó desazón entre los comensales, quienes aún recordaban su escandaloso comportamiento el año anterior, cuando celebraban el regreso de tía Ema desde Filipinas.
Estaban en el postre cuando llegó esta figura fantasmal rehusándose a cenar. Se instaló en un sillón verde de terciopelo en la sala contigua, mientras algunos parloteaban en voz baja, haciendo caso omiso de su presencia.
Hernán siempre había sido una persona extraña, solitaria, excéntrica, que escapaba a todos los patrones normales de conducta para una persona de su cultura y posición social. Nadie comprendía como un abogado prestigioso en el campo laboral, en su vida privada fuese así, subyugado por el tarot y el esoterismo.
No se le conocía mujer alguna, salvo una pelandusca que convivió algún tiempo con él, cuando era muchacho. Ciertas víboras sociales insinuaban que su afición actual era por ciertos mozuelos que lo acompañaban en sus periódicas sesiones de ocultismo.
Su aspecto físico producía cierta aversión, era delgado de gran estatura, un rostro macilento y aguzado, una mirada penetrante y una mueca burlona en su boca que nunca le abandonaba.
El grupo familiar se levantó de la mesa y se acomodaron en la sala donde estaba instalado Hernán hojeando una revista de decoración.
La conversación giraba en torno a los mismos tópicos de siempre, la cesárea prematura de Nieves, el accidente automovilístico del tío Enrique, la meteórica carrera de Carlos en una compañía de seguros, la impactante separación matrimonial de Carmencita después de diez años y el progresivo consumo de drogas en la juventud.
Hernán permanecía abstraído en su propio mundo, indiferente a la devoción con que se discutían estos fascinantes temas en medio de un cloqueo generalizado.
Su prima Eleonora que lo había amado platónicamente cuando era una quinceañera, se sentía molesta por la actitud de su familia de ignorarle, así que quiso integrarlo en la tertulia.
- Hernán, ¿me podrías sacar la suerte con los naipes...?
La familia se sorprendió ante esta petición insólita y Roberto, su marido, se movió incómodo en el sofá sin atreverse a contradecirla.
Hernán la miró con cariño, pero no estaba dispuesto a meterse en el ojo del huracán, así que respondió evasivamente:
- Mi querida prima, no traje los naipes conmigo...
- Entonces, léeme las líneas de la mano, tú eres un experto en ésto...
- ¿Quieres que comente tu destino ante toda la familia...?
- Sí, Hernán, no me importa. Mi aburrida vida de dueña de casa no puede tener grandes sorpresas...
El grupo se animó ante la expectativa de ver a este extraño gladiador participando en la arena del circo romano y varias voces se unieron a Eleonora para conocer el devenir futuro.
Hernán cogió la delicada mano de su prima y la observó durante un largo rato, al cabo del cual dijo:
- ¿Estás segura que deseas saber lo que veo...?
- Por favor, Hernán, la curiosidad me corroe el alma...
Hernán suspiró profundamente, miró a Roberto y a su prima, moviendo la cabeza pesadamente y con voz sepulcral confidenció:
- Próximamente quedarás embarazada...
Eleonora saltó de alegría al saber la noticia, ya que después de 5 años de casada, todos los esfuerzos y tratamientos para tener un hijo habían sido infructuosos.
- Pero, el padre de este niño no será tu marido...
Roberto saltó de su asiento furibundo no sabiendo si agredir a Hernán o a su pecaminosa esposa...
Eleonora con cara de inocente y roja hasta las orejas balbuceó:
- Pero, si me lo paso metida en la casa y no conozco a nadie...
La familia estaba sorprendida, nadie hubiese imaginado que esta inocente criatura tuviese un lío amoroso extraconyugal.
- El padre será un muchacho alto, rubio, atlético y muy joven...
Roberto no se pudo contener más y le espetó a su señora:
- ¿O sea que además de infiel, eres corruptora de menores...?
La batahola se armó de lo que fue una apacible reunión familiar.
El bando de las mujeres jóvenes apoyaba a Eleonora, porque suponían que Roberto tenía una falla congénita y debía sustituírsele por alguien competente.
Los maridos defendían incondicionalmente a Roberto porque consideraban que era víctima de la lascivia de esta aparente mosquita muerta.
Las señoras mayores estaban escandalizadas por este asunto y se confirmaba una vez más, que Hernán siempre generaba situaciones muy desagradables.
Mientras la familia estaba sumida en un alboroto generalizado con gritos, llantos y voces altisonantes, Hernán se levantó para retirarse, pero Eleonora se abalanzó sobre él:
- Tú no te mueves de aquí, mientras no aclares esta calumnia...
Hernán la miró impasible y dijo en voz alta:
- Sólo cumplí con tu deseo. ¿Quieres aclararlo y que lea las líneas de Roberto?
Eleonora dolida por la increíble situación que estaba ocurriendo, calmó en parte el alboroto familiar y le pidió a su marido someterse a un examen quiromántico.
Roberto se sentía muy alterado por su condición de marido engañado y de mala gana accedió a los deseos de Eleonora.
Hernán se concentró una vez más y después de un momento diagnosticó:
- Tu descendencia será muy escasa, solamente un hijo y nada más...
Se sintió una sensación de alivio general en el grupo familiar...
- Pero, tu hijo nació hace algún tiempo y su madre no está presente aquí...
Roberto se puso lívido y no fue capaz de articular palabra.
La tercera guerra mundial se desató al interior de la familia, la inquisición parecía haber vuelto en gloria y majestad, todos los dedos apuntaban hacia el marido infiel que repartía hijos por el mundo, los epítetos más atroces se escucharon para condenar al sacrílego.
Los maridos ahora apoyaban a Eleonora y las señoras mayores abandonaron su neutralidad, para condenar el adulterio en todas sus formas.
En medio del griterío familiar, Hernán caminó lentamente hacia el vestíbulo, se puso su abrigo de tweed inglés y se despidió de la familia diciendo:
- La próxima vez traeré los naipes para aclarar cualquier duda, ya que la quiromancia no es mi especialidad. Buenas noches.

Junio 1997
Corregido: Noviembre 2005