EL AMANTE ESPOSO

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Un caluroso día viernes de Febrero, el bus estaba a punto de partir con destino a la costa, cuando subió una robusta y curvilínea rubia oxigenada, vestida completamente de rojo, seguida por un señor algo mayor de terno cruzado, quien nervioso buscaba un lugar donde sentarse en las primeras filas del bus.

La rubia intentaba acomodarse en su asiento, cuando uno de sus enormes aros de fantasía cayó al suelo rodando por el piso, escuchándose un chillido:

- Evaristo, se me cayó un aro al suelo...

El señor mayor aparentó no darle importancia al asunto y se sentó a su lado.

- No me puedo agachar, viejito, tú que estás al lado del pasillo recógemelo...

El hombre se agachó para buscarlo, pero no lo encontró.

- No lo encuentro, mijita, busquémoslo después...

- Ahora, Evaristo, después partirá el bus y se me perderá.

El señor mayor lo único que deseaba era pasar desapercibido ante los pasajeros, pero su acompañante se las ingeniaba para llamar siempre la atención.

- Ya, Nancy, espera un poco...

Don Evaristo se levantó de su asiento, se agachó en medio del pasillo y buscó el aro de fantasía extraviado, mientras una larga fila de pasajeros reclamaba por impedir el paso. Al cabo de un rato, tanteando a ciegas bajo el asiento, logró encontrarlo y a pesar de algunos pisotones recibidos, se levantó con expresión triunfal mostrando su pequeño trofeo.

Al sentarse nuevamente, Nancy le tomó la cabeza con ambas manos y le dio un sonoro beso en la mejilla, mientras le decía:

- Gracias, mi amor, eres un encanto...

Don Evaristo se sintió avergonzado ante estas demostraciones públicas de afecto, ya no cabía duda que era algo más que un mero acompañante de la rubia.

A los pocos minutos, el bus inició su viaje con destino hacia Cartagena, El Tabo y Algarrobo.

La rubia parloteaba contándole las últimas noticias de la repartición pública donde ambos trabajaban. Don Evaristo asentía mecánicamente con la cabeza a todo y exclamaba alguna interjección de sorpresa, mientras la rubia seguía descargando su batería de cuentos, anécdotas, chismes y pelambres.

Al cabo de un rato, ella se calló y lo miró interrogativamente:

- ¿Por qué está tan callado, se siente abandonado mi perrito...?

Antes que él respondiera, la rubia se inclinó sobre él, lo abrazó y lanzó un fulminante ataque de artillería amorosa, mientras Don Evaristo incómodo trataba de repeler esta acometida, retorciéndose en su pequeño asiento, preocupado del espectáculo que estaban dando.

- Ya pues, mijita, déjese, todos nos están mirando...

Nancy lanzada en picada sobre su presa, siguió con sus caricias y mimos, hasta que Don Evaristo perdió sus inhibiciones y respondió como un potrillo apasionado a sus requerimientos amorosos.

Después de un rato se tranquilizaron, estuvieron cuchicheando en voz baja sus intimidades, aderezadas con risas y besitos, hasta que el cansancio hizo presa de ambos quedándose dormidos.

Al llegar a Cartagena, Nancy se paró para sacar su equipaje de mano, mientras Don Evaristo la ayudaba a coleccionar sus pertenencias. El bus se detuvo frente a la plaza y ella se bajó sola, lanzándole un último beso desde la vereda.

Don Evaristo siguió a bordo del bus hasta San Sebastián, lugar donde se bajó con expresión circunspecta, tomó su equipaje y caminó lentamente hasta la casa donde su amada familia pasaba sus vacaciones de verano.


Firma
Julio 1997




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