TRISTE DESPERTAR

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- ¡Mamá, deja retarme, siempre hay que hacerlo todo a tu modo...!

- Carolina, basta de insolencias. ¡No quiero que te juntes con ese pelucón con aritos!

La joven estaba realmente disgustada con su madre, las peleas y discusiones se sucedían día tras día, desde que llegaron a veranear donde su abuela, en Viña del Mar.

Carolina tenía sólo 14 años, era una joven simpática, pecosa, de ojos verdes, con sentimientos encontrados con respecto a su mamá, le parecía una persona distinta a aquella cariñosa mujer que ella tanto quería, y en estas vacaciones habían aparecido facetas desconocidas de su madre.

Ella sabía que las cosas no andaban bien entre sus padres, la convivencia diaria así lo demostraba, había un ambiente tormentoso que estallaba por cosas insignificantes, lo cual había motivado a su madre escapar del huracán y refugiarse donde su abuela durante el verano, acompañada de sus 2 hijos.

Carolina era un joven de sensibilidad extrema y siempre había tenido la capacidad de sentir como algo propio, lo que le ocurría a las personas más cercanas. Le bastaba una ojeada para captar lo que ocurría en ellos, poseía una especie de radar extrasensorial que capturaba información de gestos, miradas o inflexiones de voz.

Pero, desde que estaban en Viña del Mar, ella notaba que la comunicación con su madre no estaba funcionando como antes, le parecía que había un espeso velo que se interponía entre ellas y le resultaba imposible detectar que le ocurría.

Esa tarde, poco después de haber tenido el altercado con su mamá, la pasaron a buscar sus amigas para ir a pasear a la Av. Perú, donde se juntarían con su grupo de amigos, lo cual la hizo recuperar en parte su buen ánimo.

Roberto se llamaba el joven con aritos y pelo largo, que su mamá detestaba, quien estaba muy interesado en Carolina y hacía lo imposible por llamar su atención. Ese día andaba en onda poética, así que apenas la vio llegar, hizo una aparatosa introducción para recitarle unos versos inéditos, delante de todos:

Tú me recuerdas un amor supremo,
que tu presencia, sin saber, evoca;
yo conozco esos ojos y esa boca;
porque bien los conozco, bien los temo.

El grupo de amigos quedó impresionado con estos versos, especialmente Florencia, una de sus recientes amigas del verano, que andaba siempre en plan de cacería de nuevas presas, sin importarle que fuese un imponente ciervo o un humilde zorzal, bastándole que fuese alguien del sexo masculino.

Apenas Roberto terminó de recitar los versos, Florencia sacó su cerbatana y disparó:

- ¡Qué lindo poema, Roberto! Por fin, un hombre romántico, ven a sentarte conmigo y me susurras otro al oído...

Las amigas se sonrieron y cuchichearon entre sí, ya que todas conocían las técnicas de seducción que usaba Florencia, pero Carolina no estaba dispuesta a dejarle el camino libre y dijo en voz alta:

- Roberto, no seas egoísta, recita otra poesía para todo el grupo...

El joven se sentía feliz del resultado obtenido, así que continuó con una batería de románticas poesías durante un largo rato.

Al anocher, caminando de regreso a casa, las amigas comentaban sobre esta nueva faceta de Roberto que lo hacía mucho más interesante aún, habiendo varias de ellas que se sentían súbitamente atraídas por él, a pesar de su aspecto desgarbado y desaliñado.

Media cuadra antes de llegar a la casa de Carolina, se cruzaron con un auto deportivo rojo estacionado en la penumbra, con una pareja en su interior que estaba en un apasionado coloquio amoroso. Florencia fue la primera en darse cuenta de esta situación y comentó inmediatamente:

- Miren el auto, chiquillas, una pareja atracando a vista y presencia de todos...

Todas sonrieron maliciosamente, pero continuaron caminando hasta llegar a la casa de Carolina, donde conversaron un rato más, acordaron juntarse al día siguiente en la playa y se despidieron.

Carolina estaba en el living cuando escuchó que se abría la puerta de reja, salió al portal y vio a su madre que venía llegando, mientras un auto deportivo rojo partía a gran velocidad.


Firma
Agosto 1997




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