¡NEGRO, EL VEINTISEIS!

Logo

Rodolfo se acercó lentamente a la mesa de ruleta dispuesto a jugarse su última oportunidad, después de haber tenido una noche desafortunada en el baccarat. La mesa estaba rodeada por una masa humana que se atropellaba por apostar, empujándose unos a otros, colocando nerviosamente sus fichas arriba de un número, con expresión ansiosa como temiendo perder el últmo tren.

El croupier era un hombre mayor, bajito, quien miró por última vez el tablero de apuestas, hizo girar la ruleta tomándola por una de sus asas hasta conseguir la velocidad deseada, y disparó la bolita blanca en sentido contrario a la rotación del cilindro, mientras se escuchaba una voz potente que gritaba:

- ¡No va máaas...!

Rodolfo miró la expresión pétrea del croupier, y le pareció ver una levísima mueca burlona en sus labios, después de lanzada la bolita, mientras esta última caía sobre el cilindro en movimiento, rebotando hacia las paredes de madera y volviendo a caer nuevamente, buscando un lugar donde alojarse, en un indeciso y repetitivo ritual de sube y baja, hasta que finalmente logró encajar en un casillero.

Se produjo un repentino silencio entre los asistentes, quienes miraban hipnotizados los caprichos de esta bolita saltarina que ya había detenido su marcha y se alojaba en un número.

La voz se escuchó nuevamente, esta vez en un tono sentencioso que decía:

- ¡Negro, el veintiseis...!

De inmediato se sintió un murmullo entre los asistentes, que miraban con ansiedad la ubicación del número 26 en el tablero, para ver si tenían fichas apostadas de su respectivo color.

Se inició la ceremonia de recoger las fichas que no estaban sobre el número recién salido, hasta dejar solamente aquellas que apostaban el 26.

Un ayudante se acercó, empezó a ordenar por color las fichas apostadas al número ganador y a dictarle al pagador:

- Una calle roja, 3 medios pleno verde nilo, 2 plenos burdeos, 4 plenos amarillos, 5 plenos rosados, 6 plenos blancos. Nada más.

Cada uno de los jugadores ganadores recibía una torre de fichas con su color y quienes habían ganado más, daban unas fichas de propina al pagador, quien decía en voz alta:

- ¡Profesionales...!

Rodolfo vio que su vecina, una hermosa joven de unos 22 años, estaba eufórica porque acababa de ganar una gran cantidad de fichas y las guardaba nerviosamente en su cartera, quedándose sólo con unas pocas en la mano, sin saber que números apostar.

- Señorita, ¿primera vez que viene al casino?

Ella lo miró recelosa y le preguntó:

- Sí, señor, ¿y cómo lo supo...?

- Llevo muchos años viniendo al casino y uno se da cuenta de inmediato.

Ella suspiró nerviosamente y le preguntó:

- ¿Y ahora, señor, que números apuesto...?

- Los que quiera, es la suerte del principiante.

- ¿Cómo, qué es eso?

Rodolfo sonriendo le dijo:

- Déjese llevar por su inspiración, yo ando con mala suerte...

Ella movió la cabeza en un gesto de incredulidad y se decidió finalmente, cuando vio que el croupier empezaba a girar la ruleta, apostando todas sus fichas al cero.

Rodolfo de inmediato, sacó un puñado de fichas de su bolsillo y las puso sobre las de la muchacha, esperando ser contagiado con su suerte.

La bolita inició nuevamente su baile de San Vito, saltando de un número a otro, pero en vez de caer en un casillero, se quedó atascada en la separación que hay entre el cilindro que gira y la parte fija de madera, iniciando una rotación muy lenta, en sentido contrario al movimiento de la ruleta.

La joven comentó en voz alta:

- ¡Se pegó la bolita, no cae...!

Todos los jugadores de la mesa, miraban el lento deambular de la pequeña esfera que avanzaba y retrocedía en el pequeño canal, sin caer en ningún número. Cuando la ruleta ya giraba muy lentamente, la bolita hizo un intento de caer en el 5, pero se arrepintió, cambiando solamente su sentido y velocidad de avance.

La ruleta estaba prácticamente detenida, cuando cayó finalmente en el número 26.

- ¡Repitió, repitió el mismo número...!

La voz sentenciosa se escuchó nuevamente:

- ¡Negro, el veintiseis...!

Un murmullo de sorpresa se sintió entre los espectadores y la joven se dio vuelta enojada hacia Rodolfo diciéndole:

- ¡Señor, usted me contagió su mala suerte...!

Rodolfo se encogió de hombros como pidiendo disculpas, miró hacia el tablero y le dijo a la joven:

- ¿Cómo que mala suerte? Usted acaba de ganar nuevamente con el 26...

- ¿Pero cómo, si yo sólo jugué el cero?

En ese momento el pagador le entregó a la joven una nueva torre de fichas amarillas, correspondiente a sus 4 plenos. Ella incrédula y feliz las guardó en su cartera.

Después de un momento de reflexión, ella sonriendo coquetamente se acercó a Rodolfo, susurrándole al oído:

- ¿Usted me lo jugó, pillín, no es cierto?

- Tal vez, ¿no cree que merezco un premio por ésto...?

- Puede ser, y ¿qué es lo que quiere usted?

Rodolfo sonrió con picardía y le respondió:

- ¡ Vamos a celebrar y después le diré cual podría ser mi premio...!

Mientras se alejaban de la mesa de ruleta, Rodolfo pensó para sus adentros:

- ¡ Siempre es lo mismo, nadie retira las fichas del número acertado en una jugada...!


Firma
Enero 1998




Volver a cuentos