¡LAZARO, RESUCITA...!

Logo
  • ¿Sabes, lo que le pasó a Rosita con su hija casada, cuando ambas fueron a la misma boutique a comprarse unos elegantes vestidos de fiesta... ?

Efraín escuchaba distraído la chismografía social que le relataba su señora sobre su círculo de amistades, mientras observaba un aburrido programa de televisión como una forma de escapar del inevitable monólogo de su compañera de habitación.

Cuando él conoció a Inés, se sintió atraído por aquella facilidad de comunicación que poseía, por esa forma mágica de expresarse que convertía sucesos vulgares en hechos apasionantes. Efraín la contemplaba absorto mientras hablaba, sentía la atracción de esa voz sensual, de esos carnosos labios que modulaban cada frase con fruición y de esas manos inquietas que se movían libremente apoyando la narración. Su mayor deseo era convertirse en palabra para ser besado y acariciado por ella.

¿Quedaba algo de aquella atracción después de 25 años de matrimonio?

Efraín sonreía interiormente cuando lo pensaba y se respondía en forma sarcástica:

  • La hubiese preferido muda...

Ahora el tema del monólogo había llegado a su clímax: las recetas de cocina.

Inés explicaba por teléfono a una amiga, con lujo de detalles, la cantidad de harina, huevos y fruta confitada requeridos para hacer el exquisito queque inglés de la tía Mary.

Efraín no recordaba con precisión cuando fue la última vez que tuvieron una conversación entretenida, pero de ello hacía ya mucho tiempo, ahora sólo era un intercambio de monólogos, ya que ninguno de los dos escuchaba al otro.

El sentido del humor que alivió tantas situaciones tensas parecía haberse retirado del escenario desgastado por sus rutinas poco innovadoras, aunque tal vez esa pudiera ser el arma que rompiera el ostracismo actual.

Cuando Inés terminó de hablar por teléfono, comentó satisfecha:

  • ¡No sé para qué Angélica me pide recetas, si apenas sabe freir un huevo...!

Inmediatamente ella inició otro soliloquio sobre las dietas hipocalóricas, cuando su marido la tomó por los hombros y mirándola fijamente, le dijo:

  • ¿Cómo está, mi guachita rica...?

Inés abrió los ojos desmesuradamente y espantada replicó:

  • ¿Tú quéeee..... ?
  • ¿Cómo estás super bombón, la ricurita de la población?
  • ¿Estás borracho, Efraín, de que población hablas si vivimos en la Dehesa?
  • No me refiero a nuestro duplex, sino que a la china más mina del barrio...
  • ¿Chinas, minas, guachitas y este vocabulario tan fino dónde lo aprendiste?
  • ¿Te olvidaste cuando ibamos a atracar al parque, detrás de los matorrales...?
  • ¿Adónde, roto ordinario, detrás de qué matorrales...?
  • ¿Conoces el verbo fornicar...?
  • ¿Forni... qué?
  • ¿Sabís que más? Eres una mina latosa... Chaolín...

Acto seguido Efraín soltó a su mujer, se dio media vuelta en su amplia cama matrimonial, se tapó la cabeza con una almohada y murmuró:

  • ¡Inesita, sigue viviendo en tu sarcófago, nuestra enfermedad es incurable...!

Firma
Noviembre 1998




Volver a cuentos