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Un tormentoso despertar lo angustió de sobremanera, residuos de imágenes oníricas pululaban por su cabeza, la intuición de que algo malo ocurriría ese día le llenaba de inquietud.
Su oscura lámpara interior descompuesta desde hacía tiempo, lo condujo a través de las tinieblas hasta el baño para remojar su afiebrada cabeza. Al entrar sintió el aguijón de una burlona mirada que desde las profundidades de un maltrecho espejo lo llamaba:
- Eleuterio, el tiempo se acabó, hoy deberás pagar tu antigua deuda...
Un borbotón de recuerdos lo invadió, no recordaba deber algo recientemente, quizás fuese algo antiguo y olvidado, pero por más esfuerzos que hizo, no consiguió ningún resultado..
- ¿Qué es lo que debo pagar? - preguntó Eleuterio temeroso
- No es necesario que te lo diga, pronto lo sabrás...
Una gran ansiedad se apoderó de él, se sentía acusado por algo que no recordaba, su creciente alteración lo motivó a vestirse y salir de su casa a tan temprana hora de la madrugada.
En la esquina un enorme perro buscaba algo en un tarro de basura, pero al sentirlo venir el animal mostrando amenazador sus enormes colmillos, le gruñó:
- Aléjate de mí, por aquí no transitan los deudores...
Eleuterio cruzó asustado la calle y se internó en un amplio y misterioso parque escasamente iluminado. Las sombras bailoteaban hambrientas y caprichosas devorando parte de esos estrechos senderos, sentía la irresistible tentación de formar parte de ese ballet que inagotable danzaba al compás del viento..
Absorto en sus meditaciones siguió caminando sin rumbo, cuando una joven salió de entre los arbustos pidiéndole un cigarrillo. Eleuterio que no fumaba, la miró sin reaccionar, sólo hizo un imperceptible movimiento de cabeza que fue interpretado por ella como una negativa, motivando su indignación:
- Eres igual a todos, un egoísta, un cínico...
Recordó que siendo muy joven, cuando se encontraba solo en su casa, una anciana mendiga tocó el timbre con insistencia, esperando que alguien saliera a atenderla. Al llegar hasta la reja, buscó unas monedas sueltas en su bolsillo para darle, pero la mujer se negó a recibirlas y le dijo:
- No me interesa tu dinero, sólo quiero que me escuches...
- Hablar de tí, de tu carácter, de tu forma de ser...
Lo siento, señora, estoy muy ocupado para atenderla...
Eleuterio se dio media vuelta y regresó al interior de la casa, mientras la anciana le gritó una retahila de maldiciones. Este antiguo suceso fue evocado desde algún recóndito lugar de su cerebro, ante la insólita reacción de la joven que le pidió un cigarrillo.
El amanecer ya se vislumbraba por entre las copas de los árboles, cuando decidió regresar a su casa.
- Eleuterio, ¿te acuerdas de mí?
Se volvió y vio a un mendigo mal vestido, con una larga barba blanca, que se le acercaba.
- No sé quien es usted... - respondió asustado
- Soy Carlos Henríquez, tu compañero de colegio...
Eleuterio lo miró una y otra vez, pero no logró encajar ese avejentado rostro con alguien conocido de su adolescencia.
- No me acuerdo de tí, pero, ¿qué haces aquí?
- Nada, corté amarras con la sociedad y sólo intento sobrevivir...
- No mucho, pero al menos no tengo deudas que pagar como tú...
- ¿Tú también sabes lo que yo no sé...?
- Sí, pero no puedo decirte mucho más, porque ya amanece y me tengo que ir...
Eleuterio regresó a su casa intrigado por aquel hecho que todos conocían, menos él.
Cuando se aprestaba a desayunar, el teléfono lo sacó de su ensoñación y escuchó a su señora que gritaba desde el segundo piso:
- Terio, alguien te llama...
Una voz que no alcanzó a identificar, le dió el siguiente mensaje:
- Hoy a las 9.30 AM habrá una misa en la Iglesia de Santo Tomás, no deje de asistir...
Intentó averiguar algo más sobre este asunto, pero escuchó un click al otro lado de la línea.
Cuando llegó al templo, vio a sus compañeros de oficina muy afligidos por la muerte de alguien querido que reposaba en un ataúd cerca del altar.
En mitad de la misa, algunos amigos rindieron un homenaje póstumo en memoria del desaparecido y el último en hablar, fue el mendigo del parque, quien mirando el ataúd, dijo unas enigmáticas palabras:
- Mi hermana Julia quedó embarazada a los 16 años, producto de un amorío juvenil de verano. Su hijo nació a escondidas y murió poco después del parto, por falta de asistencia médica.
Los asistentes escuchaban interesados el relato, pero no entendían adonde quería llegar el anciano.
- Amigo Eleuterio, ha transcurrido 40 años de este hecho, nunca supiste siquiera del embarazo de mi hermana y menos aún, que eras el padre de la criatura. Recién ahora, después de tu partida, ha quedado saldada la deuda que tenías con ella.
 Enero 1999
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