Era un día soleado, la tripulación era la misma de tantas veces y el 707 se aprestaba a despegar para cruzar el Atlántico con destino a Europa. El avión iba con su pasaje completo, a pesar de que se hablaba de la mala situación económica del país.
Se pusieron los motores en marcha y después de algunos minutos, el avión se elevaba majestuosamente a través del cielo completamente despejado.
El comandante Peragallo y el copiloto Blanquier formaban una buena dupla, se conocían desde hacía años y este trayecto lo habían hecho infinidad de veces.
Peragallo sostenía que la primera clase debía tener una atención personalizada, así que apenas el avión alcanzaba el nivel de crucero, dejaba su puesto en la cabina y se dirigía a ese sector para departir con aquel selecto grupo de pasajeros.
Blanquier estaba en la misma onda, aunque por su menor jerarquía se dirigía al sector Clipper. La nave quedaba entonces en manos del piloto automático y de Farías, el ingeniero de vuelo, cuya misión era controlar los instrumentos de navegación para evitar posibles emergencias.
Este viaje era sumamente aburrido, ya que 11 horas mirando las distintas agujas y visores, mareaba a cualquiera. Farías tenía miles de horas de vuelo, era un ingeniero experto de algo más de 40 años y tanto el comandante como el copiloto, confiaban ciegamente en él.
Habían transcurrido aproximadamente 6 horas desde que iniciaron la travesía del Atlántico, la noche estaba despejada, los informes del tiempo indicaban que no tendrían problemas en las próximas horas, así que Farías se levantó de su sillón y se fué a la cola del avión a conversar con las azafatas.
Ahora la nave estaba en manos solamente del piloto automático, que en verdad, en este modelo de avión, es bastante menos sofisticado que en los modelos más recientes.
Pero a 35.000 pies de altura, volando sobre el mar, ¿qué podría ocurrir si abandonaba por un momento los controles? Nada, absolutamente nada, además era necesario estirar las piernas para desentumecerse un poco. Esta maniobra la había realizado en los últimos vuelos y nunca había ocurrido nada.
Los pasajeros confiados en que al mando del avión iba el comandante Peragallo, dormían en su gran mayoría, otros escuchaban música a través de los audífonos y no faltaba el pasajero nervioso, que iba mirando por la ventanilla las estrellas y verificando constantemente que el tiempo se mantuviese bueno.
Farías estaba en una animada charla con una azafata de ojos verdes que le gustaba mucho, Peragallo discutía con un empresario de primera clase sobre las posibilidades de inversión que ofrecía Sudamérica y Blanquier escuchaba las últimas novedades familiares de una anciana que no lo dejaba moverse de su lado. Estaban todos entretenidos y el tiempo pasaba volando, mientras el vetusto 707 seguía la ruta que le indicaba el piloto automático.
De repente, el avión comenzó a moverse algo bruscamente debido a turbulencias que duraron algunos minutos. Peragallo y Blanquier no se impacientaron, ya que pensaban que Farías les avisaría en caso de que estuviesen llegando a un área de mal tiempo, así que con sus mejores sonrisas calmaron a los pasajeros más cercanos y continuaron con su amable cháchara.
Farías, en tanto, no se decidía a terminar su interesante conversación con la linda azafata de ojos verdes, ya que estaban llegando a hacerse confidencias muy prometedoras. No obstante, el bailoteo del avión continuaba hasta el punto que Farías tuvo que regresar a su puesto, para ver que estaba ocurriendo.
Efectivamente, estaban en medio de un frente de mal tiempo, que nadie sabía de donde había aparecido, ya que todos los reportes metereológicos indicaban que el área estaría despejada. Lo curioso de este asunto es que el avión había perdido mucha altura, lo cual resultaba más increíble aún.Rápidamente llamó al comandante y al copiloto, para que estabilizaran el avión. Cuando Peragallo llegó a su sillón de mando, el avión se encontraba sólo a 5.000 pies de altura. El comandante consultó al ingeniero qué estaba sucediendo y Farías le respondió que no sabía como el piloto automático había hecho descender el avión.
Peragallo tomó el control manual de la nave e intentó elevarla, pero los controles no respondían a sus requerimientos y el avión continuaba bajando, en medio de fuertes turbulencias.
- Farías, ¿a qué distancia estamos de la costa?
- A unas 2.000 millas, mi comandante.
- No alcanzaremos a llegar si seguimos descendiendo a esta velocidad.
- Oiga, Blanquier, ¿cuánta carga llevamos?
- Nada especial, lo mismo de siempre...
- ¿Cuánto combustible nos queda ?
- Para unas 4 horas más...
- ¿Están todos los motores funcionando?
- Por supuesto que sí, comandante.
- Farías, ¿a qué velocidad estamos volando?
- A 200 nudos, mi comandante...
- Con razón, nos estamos cayendo...
- Blanquier, aumente la potencia de los motores
- Pero, si van al máximo...
- No entiendo, qué está pasando...
Blanquier que era aficionado a las historias de ciencia-ficción, hizo el siguiente comentario:
- ¿Será una masa de aire pesado, mi comandante?
- ¿De dónde saca esas tonterías, Blanquier?
- Es la única explicación que se me ocurre...
- ¿Cómo podemos quitarle peso al avión?
- Echando algunos pasajeros abajo solamente, capitán...
- Usted anda muy gracioso, Blanquier...
Farías estaba muy preocupado, ya que nada anormal se veía en los instrumentos, fuera de estar metidos de lleno en unas nubes borrascosas, así que se atrevió a insinuarle al comandante Peragallo:
- ¿No estaremos metido en una corriente descendente, mi capitán?
- Puede ser, Farías, es lo único que podría explicarnos este fenómeno...
Mientras tenían esta conversación los pilotos, el avión estaba llegando a 3.000 pies de altura, en medio de continuas turbulencias.
Al comandante Peragallo nunca le había pasado algo semejante, pero sentía que el avión iba sobrecargado, así que para probar la efectividad de la teoría de la corriente descendente decidió bajar a 800 pies, considerando que a ese nivel se acabaría esa fuerza maligna. Si su teoría resultaba equivocada, difícil sería que pudiese nuevamente elevarse y llegar a la costa, sanos y salvos.
Descendieron hasta los 1000 pies y el avión continuaba con su escasa potencia. Los experimentados pilotos estaban preocupados, no sabían que hacer ante esta situación, ya que un amarizaje a esa distancia del continente sería una tragedia.
Informaron por radio del problema que estaban sufriendo y continuaban haciendo desesperados intentos por solucionar este situación, cuando Peragallo tomó una decisión drástica:
- Blanquier, detenga las turbinas 1 y 4...
- ¿Cómo, comandante? ¡Seguro que nos caemos...!
- Hágame caso, y además saque el tren de aterrizaje...
Blanquier molesto cumplió las órdenes, ya que no estaba acostumbrado al trato autoritario de Peragallo.
- Ahora, vuelva a encender los motores y los pone a máxima potencia...
En ese instante estaban a 300 pies de altura, cuando se escuchó un horrible sonido en los motores, se sintió un fuerte crujido en la estructura del avión y salieron 2 chorros de plumas impelidas por los motores recién encendidos. El avión recuperó su potencia de inmediato y Peragallo sentenció:
- ¡Qué increíble, pájaros succionados por las turbinas...!

Septiembre 1988