Era una noche despejada, el parte metereológico indicaba que habría áreas tormentosas en las cercanías de Panamá, por el paso reciente del huracán María Cristina.
Los motores del 707 estaban ya en marcha, para inaugurar la nueva ruta hacia Los Angeles, U.S.A., con escala en Ciudad de México.
El comandante Peragallo había sido uno de los gestores de esta nueva ruta, así que se le concedió el privilegio de inaugurarla.
La nave se acercó al cabezal para iniciar el despegue y sólo se esperaban las instrucciones de la torre de control.
Las líneas aéreas enfrentaban graves problemas económicos por el alza del combustible y como una medida para paliar su efecto, se había decidido reemplazar los 707, aviones construídos en una época en que no existían estos problemas, por nuevos modelos más económicos y más modernos.
Se recibió la orden de despegar y Peragallo puso los motores a su máxima potencia, iniciando la carrera de despegue para elevarse una vez más por los cielos, comenzando así el último viaje del noble 707 al extranjero.
La tripulación, en esta ocasión, estaba compuesta por el copiloto Herrera, hombre maduro, experimentado, de mal carácter, que aún no había sido ascendido a comandante probablemente por su terquedad.
De ingeniero de vuelo iba un muchacho joven, de apellido Rivera, flamante adquisición que había efectuado una carrera meteórica en la línea aérea.
A los pocos minutos de decolar, Peragallo le pidió a Herrera que tomara el mando de la nave. Este lo miró molesto y aceptó a regañadientes la orden, porque consideraba que un comandante debía hacer su trabajo completo y no pedirle en pleno ascenso, que tomara los controles.
Peragallo se dedicó a estudiar los mapas de las rutas aéreas que van de Panamá a Ciudad de México. Este tramo nunca lo había realizado y sabía que el aterrizaje en esa ciudad sería difícil, por el intenso tráfico áereo y debido a su gran altitud, 2.200 metros sobre el nivel del mar.
Al cabo de un rato, Peragallo se levantó de su asiento para hacer la consabida visita a primera clase y le dijo a Herrera:
- Oiga, Herrera, lo dejo a cargo de la nave, comuníquese con la torre de control de Lima y después enfile directo a Ciudad de Panamá. Poco antes de sobrevolar esta ciudad me avisa...
- Rivera, vaya atento a los radiofaros de la ruta, no quiero tener problemas esta vez...
Herrera que ya estaba molesto, no se pudo contener ante esta repentina desaparición de Peragallo de la cabina de mando y le dijo:
- Oiga, comandante, recuerde que usted es el responsable del vuelo y no yo.
Peragallo tenía un concepto muy claro de la jerarquía y de su autoridad en el avión, así que la frase de Herrera le pareció una auténtica insolencia:
- ¿Qué quiere usted decirme, Herrera?
- Comandante, no creo que sea conveniente que se ausente por 5 horas de su puesto, siendo nuestro primer vuelo en esta ruta.
- ¿No tiene usted la suficiente experiencia para hacerse cargo del vuelo?
- Sí, la tengo, pero usted debería cumplir su función que es guiar el avión hasta su destino y no delegarla en mí.
El comandante Peragallo estaba visiblemente desagradado, pero había aprendido en su larga trayectoria como comandante, que no debía dejarse llevar por un impulso emocional, así que decidió cortar por lo sano:
- No se preocupe, Herrera, estaré pronto de regreso...
Peragallo se fue intranquilo dejando al malhumorado Herrera a cargo del avión.
Después de haber tenido breves conversaciones con algunos pasajeros de primera clase, se instaló en su asiento predilecto e intentó recordar el origen de su curiosa costumbre.
Un día hacía 5 años atrás, en que tenía que volar hacia Europa, había tenido una violenta pelea con su señora, en lo que fue el último estertor de su matrimonio. Se dijeron de todo y a su término, tomaron la decisión de separarse. Peragallo quedó profundamente alterado con esta discusión. Más tarde, en el avión retó a la jefa de cabina por tener que esperar a un pasajero VIP, lo cual estaba retrasando la partida.
En esa ocasión, cada minuto que transcurría lo ponía de peor humor, así que una vez que logró el nivel de crucero, puso el piloto automático y decidió distraerse yéndose a conversar con los pasajeros de primera clase. Desde entonces, sus escapadas se repitieron y se prolongaron. Ahora, ya le parecía normal estar 4 o 5 horas dedicado a la vida social.
Regresó a la cabina de mando, cuando la nave se encontraba en las cercanías de Panamá e ingresaba a un área borrascosa. El radar indicaba que había un frente de mal tiempo extenso, a raíz del paso del huracán María Cristina. A partir de ahora, el vuelo sería muy movido.
Peragallo le ordenó a Herrera:
- Herrera, comuníquese con la torre de control de Panamá y averigüe cuál es la situación de otros aviones comerciales en esta zona.
Herrera consultó a la torre de control del aeropuerto Omar Torrijos. La respuesta fue que ninguna aeronave comercial había continuado vuelo hacia el norte, en la ruta que ellos llevaban, por las pésimas condiciones climáticas.
- Vamos a aterrizar en Panamá y esperaremos que pase la borrasca.
- Mire, comandante, no se lo aconsejo, ya que si el tiempo a esta altitud está malo, el descenso será horrible.
Peragallo sin hacer caso del comentario de Herrera, decidió aterrizar e informó a los pasajeros de la situación, pidiéndoles que se ajustaran los cinturones, ya que tendrían un aterrizaje muy movido.
El tiempo estaba espantoso y apenas se inició el descenso hacia Panamá, el avión se convirtió en un potro salvaje. Fuertes corrientes ascendentes lo elevaban bruscamente para dejarlo caer en vacíos enormes. El viejo 707 crujía entero y a ratos no se sabía si estaba descendiendo o elevándose.
El griterío de los pasajeros en la cabina era indescriptible, las bolsas de mareo se agotaron rápidamente, las azafatas tuvieron que sentarse, porque era imposible sostenerse en pie. El avión parecía un volantín en medio de un huracán.
El comandante Peragallo estaba realmente preocupado, ya que tenía la sensación que los controles no le obedecían. La lluvia era intensa, los cirrus estaban llenos de electricidad y la aproximación hacia Panamá se realizaba mediante instrumentos.
Herrera le dijo a Peragallo:
- No siga descendiendo, comandante, el clima está horrible.
- Mire, Herrera, sepa usted que no es la primera vez que me enfrento a una emergencia como ésta...
Peragallo no alcanzó a terminar la frase, cuando el avión cayó en un enorme vacío.
El altímetro empezó a girar enloquecido disminuyendo a razón de 300 pies de altura por segundo, en pocos minutos se estrellarían en el mar.
El comandante Peragallo sudaba copiosamente intentando controlar el avión, Rivera era presa de un ataque de histerismo y Herrera observaba fijamente el altímetro tratando de ver los números que giraban a una velocidad endemoniada.
De repente, el copiloto se abalanzó sobre la palanca del tren de aterrizaje y lo accionó. Se sintió que se abrían las compuertas y salían las ruedas. En forma instántanea, el avión dejó de caer, estabilizándose a 1500 pies de altura.
Peragallo reaccionó sorprendido:
- Lo felicito, Herrera, fue una maniobra excelente. ¿Cómo se le ocurrió abrir el tren de aterrizaje?
- Mire, comandante, llevo tantos años como usted arriba de los aviones, pero la diferencia es que yo nunca he abandonado mi sillón de copiloto.
- En mi larga experiencia de comandante, jamás me había ocurrido algo semejante, parecía como si el avión no tuviera alas, era una piedra que caía en el vacío...
- Bueno, comandante Peragallo, hágame caso, vuelva a elevar el avión y no aterricemos en Panamá, con este tiempo inestable más vale volar muy alto...
Peragallo no supo que decir, así que decidió seguir los consejos de su copiloto. Volvió a elevar el zarandeado y sufrido 707 a 40.000 pies de altura y continuó el vuelo hacia México, tal como estaba programado.
El vuelo inaugural en la nueva ruta a Los Angeles resultó un completo éxito.
El comandante Peragallo recibió una nueva distinción, la que agregó orgulloso a su impecable hoja de servicios, mientras que Herrera siguió de copiloto por muchos años más, hasta su retiro de la línea aérea.

Marzo 1989